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Santa Sofía, soñando con una cúpula

“Una de mis clases sobre arte bizantino generó un interesante sueño en una de mis alumnas.  Ella ha tenido la generosidad de compartirlo con todos los que leéis este blog. Gracias por tu aportación y que lo disfrutéis…”

SOÑANDO CON UNA CÚPULA 

No hay nada que pueda paragonarse al mundo de los sueños.   Incluso cuando éstos se tornan en aterradoras pesadillas.  Las emociones que nos despiertan en el otro lado no pueden experimentarse en éste, el de todos los días.   Los sueños suponen la más eficaz válvula de escape de la rutina.

De vez en cuando nos impresionan tanto, que no podemos apartarlos del pensamiento, tratando una y mil veces de recuperarlos. A mí me ocurre así.   No quiero dejarlos escapar, no quiero olvidar lo que me aportaron y por ello tiendo a relatarlos.

El último maravilloso regalo de Morfeo se me dio hace unos días.   Aparecí suspendida en la cúpula de la incomparable Santa Sofía. Esa cubierta que tanto trabajo me costó entender y estudiar volvió a mí, hermosa en su estructura sin precedente conocido, como agradeciéndome el esfuerzo que le dediqué.   Flotaba por su espacio de un lado a otro y podía tocar con mis propias manos los cuarenta nervios que la refuerzan.   Después, entraba y salía a través de los cuarenta vanos, regocijándome con el baño de los rayos de sol que los atravesaban y que envolvían mi ser onírico.   Nada importaba abajo.   No tuve tentaciones de recorrer las naves, las arquerías, el ábside…   Sólo levitaba en el espacio de la cúpula.   Parecía haberme transformado en un ángel, un ser incorpóreo dotado de la más extrema sensibilidad que me permitía comprender, en asombrosa plenitud, la belleza de lo que contemplaba.

Fue un sueño largo y siempre centrado en el mismo elemento: la cúpula.

Al despertarme, pensé casi con ansiedad: tengo que ver Santa Sofía.   Pero luego, tras haber madurado la idea, creo que no acudiré a la que fuera Constantinopla.   Temo que el encuentro pueda estropear la imagen de lo soñado.   Y prefiero permanecer aferrada al espectáculo único que me ofreció la noche.   Si allí fuera, quizás el tumulto del gentío derrocara la idealización que en mi mente se ha conformado. Y no quiero que eso ocurra.   Es una estupidez, pueden pensar algunos, pero cuando se vive una experiencia tan sublime, tan incomparable, es necesario que perdure.   No puedo (ni debo) contribuir a que se desvanezca.   Porque tales vivencias, raras y escasas, engrandecen el alma, purificándola y haciéndote mejor persona, sensibilizándote con lo bello.   Fortalecen el raciocinio y reafirman la fe en el ser humano. Si el hombre que antaño creó esa cúpula fue capaz de acometerla, aún podemos tener esperanza porque, en cualquier momento, podrá repetir una hazaña semejante.   No hemos de desterrar el término “filantropía” de nuestro vocabulario.

Aún en el sueño, miré hacia abajo y sorprendí a Justiniano exclamando, sólo para mí, su célebre frase el mismo día de la consagración del templo.  El emperador portaba un cetro alargado y fino, de oro macizo.   De sus hombros pendía una larga capa roja que se arrastraba tras sus pasos parsimoniosamente.   Me sonreía y con un guiño cómplice, en un lenguaje en el que no se hicieron necesarias las palabras me dijo: ¿verdad que sentimos lo mismo?  

¿Puede alguien arriesgarse a que tamaña experiencia se desmorone?

Mere

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