Un espacio para compartir Arte, Historia, Viajes, Fotografía y en definitiva Cultura

León. Gótico y Románico. Viaje de alumnos de la UNED. 17-04-2010

“Este es el relato que me envía una alumna sobre un agradable e interesante viaje educativo y cultural que realizamos en abril de 2010.

Deseo que os guste tanto como a mí y disfrutéis con su lectura.”

 

  

 

Todo indicaba que la jornada iba a resultar maravillosa.   Pero la realidad superó con creces las halagüeñas expectativas.   La cita era temprana, mas madrugar no supuso sacrificio alguno. Lloviznaba.   En la estación de metro sólo había una persona.  Un inmigrante, alguien obligado a estar ahí.  Iría a trabajar.  Su “robasueños” fue más cruel que el mío.   Yo iba a vivir una experiencia que, ahora ya sé, irrepetible.   Él, seguramente no.   Me saludó amablemente con un buenos días exquisito. ¡Qué gusto encontrarte una madrugada del mes de abril con un desconocido que te desea un buen día!   No es algo muy habitual.

El sol, remolón, no se decidía a desperezarse del todo.   Aún era de noche, aunque ya alboreaba.   La mañana se adivinaba gris.   No hacía frío.   El tren llegó puntual a la estación.   Aquélla que ya nunca se desplazará de nuestra memoria. Aquélla de fatídico y trágico recuerdo.  Nefasta, aciaga y desdichada evocación, pero inevitable al aproximarnos al apeadero.  Unos momentos para a los que allí perecieron. Como mínimo unos minutos dedicados a su memoria cada vez que por allí se transita.

El autobús espera ya.   En la puerta, nuestro organizador.   Atento.   Su función es casi profesional y la desempeña a las mil maravillas.   Lo ha facilitado todo y es el impulsor de lo que nos aguarda.

Abandonamos Madrid y emprendemos ruta hacia el Norte.   El paisaje urbano se va desvaneciendo dando paso a la esplendorosa Sierra de Guadarrama que una persistente niebla apenas nos deja ver.   Ahora ya no parece abril.   El invierno avanza en la partida.   De momento, la primavera parece vencida.   Pensamiento suplicante y unánime en los ocupantes del vehículo: un poquito de sol, un instante, el necesario para poder apreciar las vidrieras.

Pero el ánimo sigue adelante.   Unas cincuenta personas.   Grupo heterogéneo en edades, pensamientos, ideologías y problemas.   Pero del que emana contento.   Casi todos sonríen al hablar.   Algunos duermen.   Los de alrededor entablan agradables conversaciones.   A pesar de lo temprano, nos vamos animando.   Hablamos y hablamos.  Nos reímos.   Se desata una oleada de complicidad con mi compañera de asiento.   Cuando queremos darnos cuenta ya hemos alcanzado la primera parada. Madrid está ahora muy lejos.   La vieja Castilla nos ha acogido.

Proseguimos la marcha.   No ha decaído el espíritu, antes bien se ha reavivado con el descanso.   El café ha causado su efecto, espoleando nuestro cerebro y aplastando a lo que por allí provoca el sueño. 

Definitivamente.   El Reino de León se anuncia en grandes letras mayúsculas, capitales y blancas. Bien escrito.   Temía por si el acento no figuraba en el rótulo que lo indicaba.   En un vocablo como León, nunca se puede obviar la diacrítica tilde, la que da a la villa su carácter agudo y rotundo.   León siempre debe aparecer bien escrito: ha supuesto mucho en nuestra Historia.

Surge ante nuestros ojos San Isidoro.   Insultantemente románico.   Me atrae su portada.   Las arquivoltas se me aparecen como la imagen más nítida del conjunto.   Es emocionante reconocer algo que has estudiado, así, de repente, sin que nadie tenga que explicártelo.   Nos aproximamos a la fachada, el armazón del imponente edificio.

Empieza la explicación.   Como siempre, apasionante.   La voz de la profesora retoma su tono para la didáctica.   Es un privilegio poder recibir in situ una de sus clases.  Nos transporta hacia la Grecia clásica.  Troya.   Helena.   Los mitos fantásticos, las historias legendarias que casi hemos asumido como reales.   El mundo heleno va quedando atrás y atravesamos el tiempo hasta implantarnos en el Medievo.   La iconografía de la portada se nos presenta al compás de la voz de la maestra.   Y somos capaces de apreciar la obra en toda su magnitud.

    

Tras otros recorridos, por fin diviso los frescos.   Los había contemplado muchas veces en fotografías y los atisbé al momento.   Una estrecha escalera, angosta, nos condujo al lugar.   Se hace necesaria la contemplación en soledad.   Sólo unos minutos.   Eso ayuda a que la percepción se aposente en la memoria y el recuerdo aguarde allí hasta el final, el mismo día de la muerte.   Aquellas pinturas se colaron en mi alma, como no hace mucho sucedió con la cúpula de Santa Sofía.   Lo que estaba sintiendo podría ser perfectamente la traducción literal de un sueño.   Uno de esos momentos gloriosos que te ofrece la vida.  Tendría que estar sonando el tercer movimiento de la Novena.   La pieza más sublime de la música de todos los tiempos debería siempre acompañar vivencias de tal envergadura.

Una vez más, la explicación que vino a todo aclararlo, despertando nuevas apreciaciones que nos acercaban a la esencia del arte.   Aquel Pantocrátor envuelto en azules y rojos, las miradas de todos los que aparecían junto a su majestad, el calendario de las labores…Todo quedó atrapado en mi interior.

     

 

     

(fotos conseguidas en google)

Comimos y repusimos energías.   Aún aguardaba el otro enfrentamiento. Otras visiones que, a buen seguro, iban a engrosar la sublimidad con que se nos había obsequiado, tan generosamente.

Una comida agradable. Un ambiente inmejorable.   Dotado de energía positiva expresada en modo superlativo.   El vino contribuye a potenciar la atmósfera. Personas que lo pasan bien y que disfrutan de la mutua compañía.   Parece que la rutina y los aspectos desagradables del día a día se han apeado de sus vidas durante unas horas.   Y la sensación es enormemente gratificante.

Y allí estamos ya. La ansiedad quería abarcarlo todo, deprisa.   Busco casi con desesperación.   Enseguida lo diviso.   El arbotante es una de las características que más me ha impresionado del arte gótico.   Desde que estudiando el período me topé con la Catedral de Chartres, erguida, navegando a través de los campos de mies que la circundan.  Se me antojó como una gran nave surcando los campos, una hermosa embarcación que hendía la tierra.   Los arbotantes.   Una de las soluciones arquitectónicas más espectaculares de todos los tiempos, bajo el punto de vista de una quasi profana en el mundo del Arte.

La majestuosidad del templo me paraliza. Otra vez, sobrecogida, disfruto en soledad del instante.   Vuelvo a notarlo.   Se está abriendo paso en mi alma.   Recorremos el monumento y me emociono al atravesar la girola, sabedora de ello.

Lo observamos todo casi de modo frenético, alterándonos cuando nos topamos con algún elemento característico de lo que ya hemos asimilado en los libros y en las clases.   Queremos fotografiar cada detalle.   Atendemos ansiosamente las exposiciones de la maestra que nuevamente nos transportan a otro tiempo.   Ante el coro, nos contagia de una experiencia mística que describe con estas mismas palabras.  Es tal la intensidad de su explicación, que nuestro olfato llega a percibir el aroma del incienso inexistente.

Un último impacto nos aguarda. Parece que los hados se han conjurado en nuestro favor, oidores de nuestras súplicas.   El rosetón se ha iluminado, otorgando a los rayos del sol el paso a través de su coloreado cristal.   Resplandece casi de manera descarada.   Nos está avisando.   Las vidrieras están prestas para recibirnos en todo su esplendor.

 

 

La primavera ha ganado el asalto más importante de la batalla que emprendió desde principios de la semana contra las nubes.   El primer párrafo del prólogo del libro de Chaucer acude.   Su descripción del mes de abril resulta tan apabullante que merece la pena traerla a este relato.   El modo en que describe el advenimiento de la dulce estación que precede al verano es definitivo.   Un prólogo que tomo prestado para situar antes de la descripción del último momento que nos reservaba el día, del colofón a la medida de las circunstancias.

“En el tiempo en que las suaves lluvias de abril, penetrando hasta las entrañas la sequedad de marzo, hacen brotar las flores con el riego de su vivificante licor; en el tiempo en que Céciro, con su grato aliento, anima los renuevos de todo árbol y planta; en el tiempo en que el sol ha recorrido en Aries la segunda mitad de su curso; en el tiempo, en fin, en que las aves cantan y, estimuladas por la Naturaleza, pasan toda la noche sin cerrar los ojos; en ese tiempo, digo, suelen las gentes ir en peregrinación a remotos y célebres santuarios de apartados países.”

El arbotante se curvaba ante la vista.   Orgulloso, sabedor de su función y conocedor de su belleza milenaria.   Tras él, otros muchos en fiel réplica.   Tan cercanos, casi junto a mí.   Atractivos e irresistibles los abarcaba en primer plano.   Pero la llamada de la otra estancia era fuerte, tenaz. Y sucumbí a su magnetismo.

Y como en un sueño, aparecí en el triforio. Ese lugar que desde abajo parece sólo alcanzable a través de la imaginación.   El concepto se materializó. Se desembarazó de su cualidad etérea y se hizo patente, permitiendo situarme a su altura.   Presidiendo la escena onírica pero real, el enorme rosetón.   Dejándose apreciar en los detalles, siendo magnánimo aunque sin cejar en su altivez.   Concediéndonos el deseo de avistarle de cerca, de venerar su majestuosidad de tú a tú.   Ya irremediablemente en el espacio de las vidrieras, el término sublime volvió a hacerse real.   Un respeto reverente nos impedía tocarlas con nuestras propias manos, algo facilísimo de ejecutar y contra lo que hubo que luchar, pues la voluntad flaqueaba ante tamaña tentación.  Se nos permitió captar el momento digitalmente.   Podremos contemplarlo nuevamente y rememorar la situación.   Un joven historiador nos lo concedió.   Alguien que abandonó el extremismo funcionarial y derrochó empatía hacia nosotros.   Se lo agradecí de corazón, se me hizo necesario expresárselo.

 

Antes de partir, rodeamos la fachada buscando las incontables marcas que dejaron sobre su piedra los canteros. Alterándonos ante el descubrimiento de cada signo, cada pequeña constancia de los maestros que trabajaron en el levantamiento del templo en el que plasmaron su huella para los siglos.

Y así se cerró el milagro. Un mágico recorrido por la Edad Media.  Muchos elementos confluyeron.   Las personas que me acompañaron, el que maneja los entresijos de la Naturaleza y la genialidad legendaria de la raza humana, capaz de superarse en sus actuaciones y creatividad.   La Historia, al fin y al cabo.

 

Mere

Fotos: wardo63@hotmail.com

 

Enrique nos envía este PowerPoint que podéis descargaros

Viaje a León

http://cid-76b1716e822344d7.skydrive.live.com/embedicon.aspx/Otrosarchivos/Viaje_Leon.pps

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s